lunes, 5 de mayo de 2008


Una experiencia espiritual, es sobre todo una experiencia “practica” de amor; y en el amor no existen reglas. Podemos intentar guiarnos por un manual, controlar el corazón, es una tontería, quien decide es el amor, el corazón, y lo que él decide es lo que vale.

Todos hemos experimentado eso en la vida, todos en algún momento, hemos dicho entre lágrimas: “Estoy sufriendo pro un amor que no vale la pena”. Pero no, sufrimos porque descubrimos que damos más de lo que recibimos, sufrimos porque nuestro amor no es correspondido, sufrimos porque no conseguimos imponer nuestras reglas.

Sufrimos impensadamente, porque en el amor está la semilla de nuestro crecimiento; cuanto más amamos, más cerca estamos de las experiencias.

Quien ama ha vencido el temor de perder nada, porque se entrega totalmente.


A veces nos invade una sensación de tristeza que no logramos controlar. Percibimos que el instante mágico de aquel día paso, y que nada hicimos. Entonces, la vida esconde su mapa y su arte.

Tenemos que escuchar el niño que algún día fuimos, y que todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, ero no acallar su voz.

Ese niño que fuimos algún día, continúa presente. Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo.

Presta atención a lo que dice el niño que llevas dentro de ti. No te avergüences por causa de él. No dejes que sufra miedo, porque esta solo y casi nunca lo escuchas… más bien, haces lo que a ti te parece conveniente.

Permite que tome un poco las riendas de tu existencia; ese niño sabe que un día es diferente a otro.


La felicidad es a veces una bendición pero por lo general es una conquista diaria. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir en busca de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a tener momentos difíciles, vamos afrontar muchas desilusiones pero todo es pasajero, y no deja marcas… (Solo recuerdos) y en el futuro podemos mirar con orgullo y fe el pasado.

Pobre del que tiene miedo de correr riesgos; porque ese quizá no se decepcione nunca, no tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen sueños. Pero al mirar hacia atrás oirá que el corazón le dice: “¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días?, ¿qué hiciste con los que te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, esta es tu herencia: 'La certeza de que haz desperdiciado tu vida'”.

Pobre de quien escucha estas palabras. Porque entonces creerá en los milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado